sábado, 15 de junio de 2013

CAPITULO VI / Guayana en la mira de Piar


El General Mac Gregor desplazado por Piar



El General Gregor Mac Gregor que había tomado el mando de los restos de la expedición de Ocumare y quien  desde Choroní, con unos 600 hombres había resuelto internarse en los llanos con el fin de unirse a los patriotas de Oriente, entró a Barcelona el 13 de septiembre, luego de vencer en Onoto  y Quebrada Honda a Juan Nepomuceno Quero, y a Rafael López en la batalla de Los Alacranes, con respaldo a tiempo de las fuerzas de José Tadeo Monagas y Pedro Zaraza.

El Libertador, a sabiendas de que el General Mac Gregor había marchado desde Choroní hacia los Llanos, resolvió navegar hasta Güiria, calculando que por esta vía podría dentro de poco tener de nuevo a sus inmediatas órdenes la División que comandaba el oficial escocés.  Al efecto, Bolívar se embarcó en el bergantín Indio Libre y Bermúdez que había llegado a Bonaire desde Haití con carta y ayuda de Petión para que Bolívar reconsiderara su caso, lo siguió hasta Güiria en una goleta. Ambos llegaron el 16 de agosto y narra Francisco Javier Yánez, en su Historia de la Provincia de Cumaná  que “apenas estuvieron en tierra, cuando se levantó la más furiosa persecución contra la conducta y persona del Jefe Supremo en términos de peligrar su vida.  Se le hacían cargos en los cuarteles y en los corrillos del desgraciado suceso de la expedición de Ocumare, y de las funestas consecuencias que debían seguirse de ella a la causa de la independencia; pero no era el interés de la patria el que movía a los autores de semejantes acusaciones, sino la ambición, la envidia, la venganza y todas las pasiones innobles.  Los acusadores y los jueces eran unos demagogos furiosos que no aspiraban sino a quitar el mando al Jefe Supremo, y en tales circunstancias Bolívar volvió a reembarcarse para Los Cayos...”

El mismo día se procedió al nombramiento de los Jefes que debían gobernar la República, y resultaron electos el General Santiago Mariño para suplantar al Libertador y el General José Francisco Bermúdez de segundo en el mando general del ejército. Los demás Generales jefes y oficiales se unieron a los nombrados con el objeto de continuar la campaña y reconquistar las plazas perdidas en el Oriente.

En efecto, tan pronto asumió la jefatura suprema, salió Mariño con una división a tomar los pueblos de la costa y ponerse en comunicación con las embarcaciones armadas de Margarita y la división de Piar para estrechar y tomar la plaza de Cumaná.   Piar, al saberlo, se puso en movimiento junto con el General barcelonés Pedro María Freytes, destruyendo a cuantas partidas realistas intentaron obstaculizar su marcha en el tránsito de Maturín hasta la quebrada de Ortiz, donde instaló su cuartel, pero informado sobre unos 3.000 soldados comandados por el brigadier Francisco Tomás Morales que marchaban desde Ocumare para retomar la plaza de Barcelona, salió en combinación con las fuerzas de Mac Gregor, Carlos Soublette y José Tadeo Monagas a cortarle el paso en El Juncal, distante cuatro leguas de Barcelona, donde al final se enfrentaron en furiosa batalla.

Era el día  el 28 de septiembre de 1816, a eso de las siete de la mañana, cuando el ejército de los patriotas cuyo mando asumió Piar, entró en línea.  El ala derecha compuesta de una división de infantería y dos piezas de artillería al mando de los Generales Mac Gregor y Soublette y varios escuadrones de caballería a las órdenes del General José Tadeo Monagas.  La izquierda constaba de infantería y caballería mandadas por los Generales Piar y Freites.

El  General Francisco Tomás Morales, situado al comienzo de la sabana en dirección a Barcelona, tras explorar el lugar y calcular sus posibilidades que parecían ciertas dada la posición y  fortaleza de su ejército, calculado en unos mil cien hombres, dividió sus tropas en tres columnas apoyadas por jinetes amparados en sus flancos por un pequeño bosque.  La columna de la derecha al mando de Rossete y Alejo; la izquierda, por los Capitanes Tomás García y Narciso López y el centro que hacía de reserva, por el Capitán Juan Bonaldes.  La espalda de la línea estaba bien cubierta por una pequeña altura de tupidos árboles y al pie un pantano que impedía cualquier maniobra de caballería.

Los patriotas que disponían de 2000 soldados y 4 piezas de artillería atacaron de primero sin pérdida de tiempo, pero el General Manuel Piar se vio avasallado ante el empuje de la columna derecha de Morales, mientras un avance sereno y metódico de Mac Gregor, una brillante carga de las tropas de Soublette y una audaz maniobra de flaqueo de Monagas que ataca por la retaguardia a los que avasallan a Piar y Freites aseguraron el triunfo.  Morales dejó 500 muertos, entre ellos, al comandante Rossete; 300 heridos y huyó con  300 soldados dispersos. 

Luego de esta jornada que impresionó a los españoles, Piar  prefirió marchar sobre la Provincia de Guayana, pero antes, el tres de octubre, convocó a una Junta de Guerra, en la que expresó su propósito.  Reconoció ante todos al General Bolívar como Jefe Supremo e informado de que se hallaba en Los Cayos tras haber fracasado en Ocumare, comisionó a Francisco Antonio Zea, Intendente del Ejercito, para que saliera a informarle. Cinco días después, al frente de 1.500 hombres, emprendió marcha hacia el Orinoco por la vía de Río Claro al sur de San Diego de Cabrutica. Mac Gregor y Soublette eran partidarios seguir fieles a la línea del Libertador en el sentido de que todo el ejército debía obrar primero sobre  los Llanos hasta Caracas.

            Estando en Río Claro, fue informado detalladamente por Pedro Chipía de lo ocurrido con el Libertador en Güiria y, preocupado, tomó sus providencias para resguardarse de la supremacía imprevista de Mariño y Bermúdez contra el cual se mordía de rabia por lo mal que se expresaban de él. De modo que el 15 de noviembre se dirigió al General Gregor Mac Gregor,  Comandante General de Barcelona, y al General Pedro Zaraza, quien tenía a su mando junto Monagas las fuerzas patriotas de Los Llanos, en los siguientes términos:

            “Instruido exacta y circunstancialmente por el Coronel Chipía de los escandalosos atentados ejercidos en Güiria por el sedicioso José Francisco Bermúdez contra la persona y autoridad del E. S. el Jefe Supremo de la República, me he confirmado en la importancia y necesidad del artículo 3º de mis instrucciones a US.

            S E se vio en fuerza de ellos obligado a abandonar momentáneamente a Venezuela, y en su ausencia, su segundo el General Mariño, debería sucederle en el mando; pero desgraciadamente este Jefe se hallaba envuelto en los crímenes de Bermúdez: él, hallándose con el mando de las fuerzas de Güiria, no se opuso al motín, ni impidió sus efectos: él se ha usurpado inmediatamente después de la salida del Jefe Supremo, títulos que no le pertenecen: ha protegido y distinguido con empleos honrosos al criminal Bermúdez; y ha resistido, en fin,  a los justos reclamos hechos por el General Arismendi para que aquel delincuente fuese sometido a un consejo de guerra.  Todo esto anuncia casi con evidencia que el General Mariño, o tuvo parte en el crimen, o por lo menos consintió en él y lo vio con agrado.

            Una conducta tal debe hacernos circunspectos.  Someternos a un Jefe a quien tan justamente se hacen estos cargos, sería envolvernos en los mismos delitos, haciéndonos partícipes como él de los atentados de Güiria: sería sublevarnos contra el primer Jefe, y sería declararnos contra el orden y la disciplina militar, no menos que contra las leyes civiles de la República.

            Estas consideraciones me han obligado a prevenir a los Jefes de Departamento en el artículo 2º de sus instrucciones que no reconozcan otra autoridad ni den cumplimiento a otras órdenes que las libradas por US o por mi directamente; y ellas mismas son las que me obligan a prevenir a US bajo la más estricta y severa responsabilidad que por ningún motivo ni de ningún modo reconozca, obedezca ni preste ningún auxilio al General Mariño hasta que, indemnizado de los cargos que se le hacen y manifestada legítimamente su inocencia, ordene yo a US su reconocimiento.  La misma prevención hará US inmediatamente a los Jefes de Departamento cuya conducta en esta parte debe US celar y corregir con la mayor severidad y prontitud.

            Creo que siendo US el que debe responderme de la seguridad de esta provincia contra los enemigos de la patria y del orden, nada tengo que temer al separarme de ella.  Si el mal empezare a propagarse, será cortado de raíz, previniendo de ese modo sus perniciosos efectos”.

Poco tiempo después el General Mac Gregor presenta problemas de salud y se ausenta para los Estados Unidos, mientras el General Pedro Zaraza, junto con el General Pedro María Freites,  queda prácticamente dueño de la situación y responde a Piar lo siguiente:

 “Por los oficios de VE de 15 y 23 del corriente me ordena VE bajo la más severa responsabilidad, que de modo alguno reconozca, ni preste auxilio al General en Jefe Santiago Mariño a causa de los atentados cometidos en Güiria contra la autoridad y persona del Jefe Supremo de la República por el sedicioso Bermúdez, y consentimiento a lo menos del General Mariño.

Las órdenes de VE las observo y ejecuto con la mayor religiosidad, conociendo se dirigen al bien de la República, y en este caso la falta de respeto y obediencia a los superiores me parecen crímenes del primer orden.  VE está bien satisfecho que estos son mis sentimientos, y debe también estarlo de su observancia y mi responsabilidad.  Dios guarde a VE muchos años.  San Diego de Cabrutica, 28 de noviembre de 1816.  Pedro Zaraza.”

Los sucesos de Güria repercutieron negativamente en las tropas y comenzaron las intrigas al calor de viejas rivalidades.  La obediencia, disciplina y unidad militar parecía resquebrajarse y Piar, preocupado comienza a tomar medidas.  Desde Río Claro se dirige al Comandante de Barcelona tratándole puntualmente el caso del Teniente coronel Carlos Padrón, quien, según informes que le han llegado, en su marcha de San Diego a Barcelona,  “ha vertido expresiones subversivas contra el ejército, contra el gobierno y mis operaciones.  Además, tengo informes de que este es un hombre peligroso por sus intrigas y manejos; en esta virtud lo pondrá US preso con seguridad, inmediatamente que llegue a esa ciudad, para evitar que se haga de secuaces y aumente el partido de los descontentos e intrigas en perjuicio de la paz y tranquilidad públicas”.

            Comunicación similar envía al Comandante de Aragua de Barcelona expresando su sorpresa porque ha sabido que en su presencia y aun en su propia casa se han tenido conversaciones y declaraciones contra sus operaciones “sostenidas por el ciudadano Diego Hernández y algunos otros, y que US las ha tolerado sin reprehenderlos y castigarlos como era debido”.  Le pide al final que castigue a los chismosos y perturbadores del orden y de la paz.

            El 18 de noviembre se dirige al General de Brigada José Tadeo Monagas acusándole recibo del oficio en que solicita su traslado para Margarita o Cumaná “en atención a que no pudiendo pasar el ejército a Guayana, quedo errante sin destino en esta provincia”. 
           
Cuando después de la Batalla de El Juncal, Piar expuso su propósito de expedicionar sobre Guayana,  Monagas manifestó su deseo de participar dado que en 1815 junto con Cedeño había hecho un intento por tomar la provincia, pero Piar, al parecer, lo había pasado por alto.  De todas maneras se justificó con esta respuesta un tanto áspera:

 “Parece que US se resiste de que no le haya empleado en la Provincia, olvidándose que US mismo me ha pedido que no lo separe del ejército destinado a libertar a Guayana.  Condescendiendo en esta súplica, reservé a US su destino en el ejército; y si US por sus enfermedades o por otras causas no ha venido a incorporarse en él, no debe dirigirme quejas por un hecho en que no he tenido ninguna parte”.

De Río Claro, Piar pasa con su ejército a Pueblo Nuevo y el 4 de noviembre, preocupado porque el General de Brigada Pedro María Freites, quien se halla operando en Píritu, nada le informa sobre sus movimientos ni los del enemigo, le escribe llamándole la atención. Y advirtiéndole que “en adelante me dé sin falta partes frecuentes haya o no novedad, detalladamente el estado de sus fuerzas, su número, el de los enemigos, sus posiciones y todo lo que US crea conveniente”.

En las márgenes del Orinoco se encontraban Piar y Cedeño, listos para entrar de lleno sobre la Provincia de Guayana cuando llegó del Apure el oficial Joaquín Peña solicitando a nombre  de José Antonio Páez,  auxilios militares para rendir a San Fernando.

Esta misión conferida al edecán Joaquín Peña no obtuvo los resultados esperados, pues Piar aducía que “el ejército y el parque con que he emprendido librar a Guayana es el calculado para la campaña, y no podría desmembrarlo, sin exponer tal vez el resultado de una empresa que decide la libertad o esclavitud de Venezuela”.

Además, tomando en cuenta el punto y las ventajas del enemigo, consideraba que la gloria de liberar a San Fernando resultaría efímera e infructuosa, mientras Páez no contara con un parque suficiente para continuar la campaña.

Por otra parte, Piar, al igual que Bolívar, no compartía la conducta  de continuar obrando en partidas, aisladamente, como era el caso de algunos caudillos como Páez y creía que “mientras no presentemos al enemigo una masa fuerte e irresistible trabajamos en vano, comprometemos a los pueblos...”

Le dice a Páez que tan persuadido estaba de esta verdad que habría pasado con su ejército a unírsele “si la importancia y necesidad de ocupar a Guayana, y el haber dado principio a mis operaciones no me lo impidiesen.  Guayana es la llave de los Llanos, es la fortaleza de Venezuela: Guayana ha sido el  fuerte que ha derramado la esclavitud en la República.  Ella por su posición está en contacto con los países extranjeros y con todo el interior: ella está cubierta y defendida por un muro más fuerte que el bronce, por el Orinoco: ella, en fin, es el único país de Venezuela que exento de las calamidades de la guerra anterior nos ofrece recursos para proveernos de lo necesario, y el único punto de defensa que podemos elegir, así para establecer nuestros almacenes, como para tener un asilo seguro si la suerte nos redujese al último término.  La ocupación de Guayana debe ser, pues, con preferencia, el objeto de nuestros esfuerzos.  Sus ventajas son incalculables, y los males que produciría el dejarla a nuestra espalda son conocido de do venezolano.

Vea U aquí las razones que me impiden volar en su auxilio; vea también en ellas los fundamentos que tengo para proponerle que desistiendo de los proyectos que ahora lo ocupan, pase con su ejército a este lado para asegurar más y más el éxito de mi campaña y para salvar, a esos bravos defensores de la libertad, de la destrucción inevitable que los amenaza”.



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