lunes, 10 de junio de 2013

CAPITULO XII / Bolívar se instala en Guayana

Bolívar se dirige a El Juncal, cerca de Barcelona, donde había establecido su cuartel -  Se entera del desastre de la Casa Fuerte, pero también de la victoria de San Félix -   Piar dispone atacar de nuevo la ciudad de Angostura – Bolívar vuelve al Orinoco por la boca del  Pao  - Instala su Cuartel General en el otro Juncal, el  de Guayana, a legua y media de Angostura – Asume el control de todas las operaciones militares de Guayana - Pasa al Caroní – Su estada coincide con el asesinato de 22 misioneros en Caruachi - Se entera Bolívar del  Congreso de Cariaco, lo imprueba y asume la Jefatura General del Ejército que había depositado en Mariño – Crea el Departamento de Maturín independiente de Cumaná y designa a Andrés Rojas su comandante – El Padre José Félix Blanco confundido ante una dudosa solicitud de Piar.

            El Libertador cruzó de nuevo el Orinoco por Angosturita el 8 de abril y antes de llegar a El Pao, se enteró de la pérdida de Barcelona y el desastre de la Casa Fuerte  y de cómo fueron masacrados familias y defensores. En El Pao lo esperaban el coronel Francisco de Paula Santander, quien por sus controversias con Páez en Sanare lo había abandonado.  De aquí se encaminó a El Chaparro para encontrarse con las tropas del General Bermúdez y los oficiales Arismendi, Armario, Valdés y Zaraza.  De El Chaparro siguió a San Diego de Cabrutica donde fue informado de la victoria de Piar en San Félix y finalmente a su cuartel de El Juncal.  Aquí  decide retornar a Guayana para fijar allí su Cuartel General y asumir el mando total del ejército.  Lo acompañan los oficiales Juan Bautista Arismendi, José Francisco Bermúdez, Manuel Valdés, Carlos Soublette, Agustín Armario, Fernando Galindo, Jacinto Lara, Rafael de Guevara, Francisco Vicente Parejo y otros.  Llega a la margen izquierda del Orinoco el 25 de abril de 1817. Un día antes, Piar que se había trasladado con parte del Ejército victorioso a la Mesa de Angostura para reforzar a los sitiadores de la ciudad, intenta un nuevo ataque por dos frentes tratando de sondear la calidad de la respuesta y definitivamente se convence de la imposibilidad de ocuparla mientras el sitio militar no se extienda hasta el Orinoco e impida toda comunicación de los sitiados con las Fortalezas y las fuerzas de Morillo en San Fernando.

            Tratando de instalar baterías en puntos estratégicos de las costas del río, Piar recibe un posta  anunciando la presencia de Bolívar a unas cuantas leguas al Oeste de la Mesa en dirección hacia Moitaco al frente de la Boca del Pao y a su encuentro se dirige con suficiente tropa de resguardo.  Bolívar instala su Cuartel a legua y media de Angostura en un sitio denominado también El Juncal. A partir de ese momento y en el curso de una semana ambos jefes conferencian y se desplazan entre el Juncal y la Mesa. Piar informa ampliamente sobre la Batalla de San Félix y del plan militar previsto para la toma de Angostura y Fortalezas de Guayana, todo lo cual aprueba y reconoce Bolívar al asumir el control  y conducción absolutos  de las operaciones militares en virtud de  su jerarquía de Jefe Supremo, lo cual aceptó Piar, siendo confirmado en el grado de general en jefe con el que fue designado después de la Batalla del Juncal y lo comisionó para que se encargara del sitio de la Antigua Guayana, mientras Bermúdez y Cedeño efectuaban el de Angostura.

            Desde la Mesa de Angostura el Libertador escribe el 16 de mayo al Coronel Leandro Palacios una carta de relación familiar en la que aparte de eso le informa que “La llegada del Almirante Brión, con su escuadrilla, a las Bocas del Orinoco, pondrá muy en breve, en nuestro poder las dos Guayanas (Las Fortalezas y Angostura), que yo había resuelto asaltar, y cuya operación he suspendido porque con este auxilio estamos ciertos de triunfar a la vez por mar y por tierra  (...) El General Mariño tiene un brillante ejército en Cumaná...  La victoria que ha obtenido el General Piar en San Félix, es el más brillante suceso que hayan alcanzado nuestras armas en Venezuela...Ahora más que nunca, debemos confiar en la fortuna, ya que empezamos la restauración de Venezuela por donde debemos: por el Orinoco y por los Llanos...”

Ese mismo día se traslada a su Cuartel General del Juncal, donde lo aguarda un documento muy importante y desconsolador a la vez que le ha sido enviado con un posta desde Cumaná,  tal es la copia del acta  del Congreso de los Estados Unidos de Venezuela, conocido despectivamente como Congresillo de Cariaco, que había sido convocado sin su autorización, por el General Santiago Mariño, aconsejado por el Padre Madariaga que había escapado de la cárcel de Ceuta a donde había sido enviado por Monteverde en 1812.   Este Congreso, con base en la Constitución de 1811,  nombró un Poder Ejecutivo colegiado integrado por el propio Bolívar y en su ausencia, Francisco Javier Alcalá,  Francisco Antonio Zea y José Cortés Madariaga que evidentemente lo destronaba de la Jefatura Suprema. Este Gobierno republicano comenzó a despachar en  Pampatar, Provincia de Margarita, y allí se retomó de nuevo el Tricolor Nacional incorporándole siete estrellas azules en la franja amarilla representativa de las provincias que juntas declararon la Independencia de Venezuela en 1811.  Bolívar indignado actuó inmediatamente para acabar con sus efectos, desautorizó al Congreso, independizó la jurisdicción bajo su control de la influencia de Mariño y constituyó el  Departamento Militar de Maturín bajo el mando del General de Brigada Andrés Rojas, a quien en carta del 17 de mayo de 1817  le dice que: 

 “Enteramente dedicado a los negocios del Gobierno y que obraba el ejército grande a mucha distancia, tuve bien nombrar un jefe de la fuerza armada para que inmediatamente dirigiese las operaciones del ejército, cuyo nombramiento hice en el Sr. General Santiago Mariño; mas las contrariedades  de este Jefe, su renuencia en obedecer mis disposiciones, los incalculables males que ha causado a la República, el sistema de contrariar las providencias del Gobierno, me han hecho resolver a ponerme otra vez a la cabeza del ejército, suprimiendo el destino de Jefe de la fuerza armada conferido al Sr. Santiago Mariño para obrar conforme al bien del Estado.
            He resuelto, pues, por estas razones que en lo sucesivo sea gobernado el Departamento de Maturín independientemente de dicho Sr. General Mariño, y de la capital de Cumaná, y por consiguiente V, S., a quien nombro General de dicho Departamento, se entenderá directamente con el Gobierno Supremo, y en las medidas que tome solo atenderá a las órdenes mías sin obedecer las que otro le comunicare.  Todo lo que aviso a V. S., para su inteligencia y satisfacción de los habitantes de ese Departamento.  Dios guarde a VS muchos años.  Bolívar”.
           
            Al día siguiente, 18, responde al Coronel José Félix Blanco, una carta donde lo felicita por su arribo a Guayana y lo manda a que continúe en el gobierno de las Misiones conforme al nombramiento que obtuvo del General Piar “proponiéndome cuanto Vd crea conveniente para el fomento de ellas y utilidades que el Estado pueda reportar.  Pasado mañana marcho al interior, y en Upata veré a  Vd para que a la voz me imponga de los detalles que apetezco”.

            El 19 de mayo Piar salió para las Misiones a inspeccionarlas, sin esperar al Libertador, quien partió en la misma dirección al día siguiente.  Piar iba disgustado por el encargo de ocupar a Guayana la Vieja, ordenado por el Jefe Supremo, lo que consideró deprimente.

El 20 de mayo, el Libertador emprende viaje al interior, pasa revista a la tropa de Caruachi y dispone  por órgano del Estado Mayor que el Teniente Jacinto Lara y el Capitán Juan de Dios Monzón se hagan cargo de la Compañía del Ejército  y de los frailes detenidos allí desde febrero.  El Capitán Juan Camero, jefe de esa Guarnición, resignó el mando, entregó los religiosos y se dirigió a incorporarse al Cuartel General. El Libertador marchó luego a San Miguel y de allí pasó a San Félix y se alojó en el Convento de las Misiones del Caroní que había sido habilitado para cuartel. El 25 escribe a Soublette insistiendo en que lo más importante  por ahora es apoderarse del río y que “no he resuelto si después marcharé rápidamente a Upata...” En definitiva no fue a Upata sino que  mandó a llamar al Padre José Félix Blanco, Administrador de las Misiones, para que informase del territorio a su mando.

El día 21 de ese mismo mes de mayo, el General Piar, quien había fijado cuartel  en Upata le escribe al Coronel José Félix Blanco, instalado en Capapuy, esta carta que parece ser la clave agravante de todos sus males:

            “Mi apreciado Padre Blanco:   De oficio escribo a U diciéndole que necesito de U para saber la población del  Departamento  y  particularmente  el  número  de  hombres  que  haya  útiles  para  las  armas.  He  venido  à  formar  un  depósito,  y  es  preciso  que  entre  en él  todo el que  no  sea  absolutamente  necesario  para  la  agricultura  y  trabajos  del  Estado.
Además  de  esta  noticia,  tengo  que  recibir  de  U otras  muchas, que  reservo  pedirle  para  cuando  nos  veamos, que  espero  muy  pronto. Para  entonces  ó  antes,  si  es  posible,  me  dirá  U el  número  positivo  de  mulas  con  que  podemos  contar  en  todas  las  Misiones.  Esta  noticia   vendrá  por  duplicado,  es  decir,  el  número  verdadero  en  una  carta  confidencial,  y  de  oficio  otro  número  en  que  se  oculten  la  mitad  ó  las  dos  terceras  partes  de  las  que  hay  en  efecto.
            U  extrañará  mucho  esto; pero  es  preciso, mi  amigo,  usar  de  algunos  engaños  y  artificios  para  liberarnos  de  los  muchos  males  que  nos  causa  al  otro  lado,  U. sabrá  que  el  General  Arismendi  pasó  por  el  Pueblito  de  900  á  1.000  mulas  que  había  en  el  Departamento  de  Caycara,  y  sabrá  también  que  las  100  mulas  enjalmadas  que  le  mandé  poner  en  San  Felipe,  pasaron  el  Orinoco  junto  con  otras  tantas  que  tenía  allí  el  General  Cedeño,  &.  Pregunte  U  ahora  qué  se  hicieron  todas  esta  mulas  que  tanto  necesitamos?  Ni  una  sola  se  ha  empleado  en  servicio  del  Estado:  todas  las  han  vendido,  ó  extraído   por  cuenta  de  particulares.  Pero  hay  mas:  quiere  ahora  el  General  Bolívar  que  le  manden  para  Margarita  mil  y  doscientas,  que  es  lo  mismo  que  mandar   arrasar  con  cuantas  hay.   U sabe  que  el  ejército  carece  de  municiones,  de  armas,  de  vestido:  sabe  el  resultado  de  las  comisiones  que  se  han  confiado  á  extranjeros  para  ir   á  buscar  lo  que  necesitamos  con  nuestros  intereses:  ninguno  ha  vuelto,  y  el  que  lo  ha   hecho  ha  sido  con  las  cuentas  del  Gran  Capitán.  Esta  experiencia  tan  repetida  me  ha  hecho  muy  cauto, y  me  obliga  á  reservar  cuanto  se  pueda  nuestros  pequeños  fondos.  Así,  creo  que  U  será  de  mi  opinión,  y  hará  lo  que  he  dicho  con  la  última  reserva,  comunicándolo  solamente  con  Uzcátegui,  para  que  esté  entendido  de  ello  y  pueda  dar  un  número  igual  al  de  U  caso  que  se  le  pida.
            Soy  de  U.  afectísimo  amigo  y  compatriota  que  le  desea  salud  y  libertad.  Piar”

            Dos días después, José Félix Blanco responde a Piar, con el mismo oficial que servía de mensajero, lo siguiente:  “Mi apreciado General  (...) Como la oficina de la Comandancia General está corriente con el día, podré mandar a U oficialmente mañana la noticia que con el mismo carácter me pide del número de hombres que tengo aquí para las armas y que no necesita la agricultura  en los trabajos del momento.
            General: en cuanto a que mande o autorice  un dato duplicado, acomodaticio,  que diga una cosa de oficio y otra en privado, ha de permitirme que no lo ofrezca hacer lo que no puedo.  Ni por la patria haría yo un engaño si tal necesitara esta de mi.  No puedo obrar como U me lo exige en su carta que contesto, cualquiera que sea el motivo que tenga para aquella existencia.
            Y es todavía más grave y menos aceptable a mis ojos, lo que deduzco de lo que con medias palabras me ha comunicado el oficial portador de su carta, quien parece tener para hacerlo encargo especial y reservado de U.  No he querido franquearme en esta materia con aquel, aunque no dudo de su discreción, ni de que merece su confianza: más bien lo he disimulado el juicio que he formado del grado de gravedad del asunto.  Nada le he contestado, reservándome para cuando nos veamos, hacerle mis observaciones a U solamente, pues sobre este punto guardaré la reserva más absoluta y entonces le demostraré a U cuan perjudicial me parece que sería para la causa pública en un desacuerdo que nos  llevará a la anarquía, y a los godos al triunfo sobre nosotros.
            No, General:  estando, yo serví y ayudé al héroe de San Félix, aun en más y con mejor oportunidad de lo que él me exigió en momentos supremos, fue sirviendo a la patria por el órgano del General Piar que dirigía las operaciones en aquella jornada.  Pues así es que la sirvo ahora por el órgano del General Bolívar que ejerce la autoridad suprema que hemos reconocido.
            Siento verdaderamente que la carta y la misión que parece traer el oficial que la condujo, no puede dar a U otro resultado que el que consigno en esta contestación; pero deseo que U no dude, sin embargo, de la sinceridad de la estimación que le profesa su amigo y compatriota.  José F. Blanco”.

El Padre José Félix Blanco, tan pronto recibió la orden, se trasladó el 27 al Convento de las Misiones del Caroní donde se hallaba el Libertador despachando y el mismo día lo puso en conocimiento de todo cuando quiso y necesitaba saber.  En el punto referente a los religiosos cautivos en el templo de San Ramón de Caruachi, Bolívar, después de una breve pausa, le inquirió:  “Eh bien, amigo mío, ¿qué hacemos con esos Padres que el General Piar ha recogido en Caruachi para cuidados y tormentos?  Yo deseo mantenerlos en un lugar seguro, en donde ni ellos influyan mal en los indios, ni estén expuestos a insultos y vejaciones de tantos locos que hay en nuestras tropas:  que permanezcan allí hasta que ocupado el Orinoco por nosotros como lo será pronto por el Almirante Brión, podamos echarlos fuera, y que se vayan con Dios.  ¿Tiene usted donde ponerlos entretanto?  El Padre Blanco contestó afirmativamente:  “Sí, señor, los haré conducir a las Misiones de Tupuquén y Tumeremo, que son las últimas del Distrito Este, y en ellas estarán vigilados hasta nueva orden de usted” Entonces el Jefe Supremo repuso: “Pues bien, dé usted las órdenes competentes para que todo se haga”.

El Padre Blanco se despidió del General.  Se retiró a su alojamiento y sobre la marcha  comenzó a disponer todo los concerniente al traslado de los religiosos.  Estando en ese menester, se le presentó el Edecán del Libertador llamándolo con urgencia y cuenta el Padre Blanco en una declaración de su puño y letra en los últimos días de su vida, por exigencia de su amigo Ramón Azpúrua, que apenas pisaba yo el último escalón de la escalera del convento, cuando indignado y a gritos me habló así: ´¿No se lo decía yo a usted ahora rato, que temía de los locos del ejército?: acabo de saber que los desalmados han asesinado a los frailes de Caruache, a la luz del día´ . Quedé estupefacto, sin poder articular palabra por largo rato.  Al fin rompí el silencio y con la energía de carácter que entonces me distinguía, clamé  contra el atentado y pedí castigo.  Pero ¡Oh dolor! La autoridad de Bolívar estaba aun vacilante, era muy nueva; las tropas de Piar, solo reaccionaban a éste por Jefe, como que casi todos eran orientales, que él había conducido de Cumaná y Barcelona; faltábale todavía a Bolívar en el terreno que recientemente pisaba, la repetición de la voz de mando y el ejército la obediencia, que son el elemento del soldado y el alma de la disciplina militar; solo algunos oficiales lo conocían y él no tenía confianza; las columnas de Valdez, Bermúdez y Armario, llegadas apenas de Barcelona, circunvalaban la Capital; el Jefe Supremo estaba aislado: resolvió pues mandar llamar a Piar que andaba por el Juncal, y yo regresé al interior de las Misiones, lamentando aquel funesto ejemplo de insubordinación, de inmoralidad y de tristes consecuencias”.

Los misioneros fueron asesinados, incinerados y arrojados al Caroní. e identificados como Mariano de Perafita, de Nuestra Señora de Belén de Tumeremo; José Antonio de Barcelona, de Santa Clara;  Diego de Palau Tordera, de la Purísima Concepción del Caroní; Matías de Tibisa, de San Félix; Gerónimo de Badalona, de Santa María del Yacuario; Luis de Cardadén, de Sam Isidro de Barceloneta;  Josef de Valls, de San Francisco de Altagracia; Celso de Reus, de Nuestra Señora de los Dolores de Puedpa;  Ramón de Villanueva, de la Divina Pastora del Yuruari;  Miguel de Gertrú, de Santa Eulalia de Merecuri; Ildefonso de Mataró, de San José de Leonisa de Ayma; Fidel del Hospitalet, de Nuestro Señora del Rosario de Guasipati;  Joaquín de San Vicente Llavaneras, de Barceloneta; Esteban de Sabadell, de San Ramón de Caruachi; Buenaventura de Igualada, adjunto de Caruachi;: Ángel de Barcelona, de San Antonio de Upata; Valentín de Tortosa, Segundo de Upata; y Honorio de Barcelona, de Santa Magdalena de Currucay, más los enfermeros Antonio de Sau y Mariano de Triana. 

En tanto que el Caroní se teñía de sangre, en Angostura, la capital, cundían el pánico ante la presencia de una división al mando del General José Francisco  Bermúdez que venía desde la provincia de Barcelona. Al saberlo, el Gobernador Fitz Gerald comenzó a movilizar el resto de los recursos posibles para resistir atados a la esperanza del socorro que pudiera enviarles el General Morillo. Moviliza a comerciantes, marineros, negros esclavos y habitantes hábiles, al lado de 400 soldados y oficiales que le quedaban después del desastre de San Félix. A todos se les  entregan fusiles y cañones para la defensa de la ciudad..  

            La ciudad entonces procuraba su defensa con una potente batería en el sector de La Alameda, un reducto sobre la Laja de la Sapoara y una trinchera que empezaba en Perro Seco y continuaba por El Zanjón, la Concordia, la hoy Plaza Miranda, el Almacén de Pólvora, calle de la Paciencia (Igualdad), calle de  las Orozco (Libertad) y calle Miscelánea (Dalla Costa) hasta La Laguna.  El brigadier La Torre tenía a sus inmediatas órdenes la compañía de Barinas reforzada con soldados del Barbastro, que actuaba como reserva, acudiendo a los puntos más estratégicos, pues la hostilidad de los patriotas era incesante, especialmente en horas nocturnas.  El capitán Rafael Sevilla mandaba la tropa y marinería de los buques que guarnecían la batería de la Alameda, comandada por  Francisco Salas Echeverría y la cual hizo bastante daño a los patriotas cuando éstos intentaban tomarla.

             

           

           
                                                     

                   

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