martes, 4 de junio de 2013

CAPITULO XXVII / Arrepentimiento del Libertador

En 1828, Bolívar  reflexiona y precisa su concepto con relación al fusilamiento de Piar – Poco después se arrepiente - Guzmán Blanco decreta traslado de sus restos  al Panteón Nacional – No aparecen despojos ni el archivo del Héroe de Chirica – El Congreso de la República acuerda entonces levantarle un cenotafio – Primeros monumentos a su memoria.        

            Mientras se sucedía en Ocaña la Gran Convención Nacional, Bolívar se hallaba en la ciudad de Bucaramanga, entre marzo y junio de 1828 y allí sostuvo con amigos y edecanes interesantes conversaciones que fueron recogidas cotidianamente en su Diario por el Coronel Luis Peru de Lacroix. 

El 25 de mayo, Bolívar volvió a casa después de la misa de la tarde en compañía de Peru de Lacroix y el Comandante Wilson.  Comenzó entonces el Libertador a hablarles de su expedición sobre la provincia de Guayana en 1817.  De lo peligrosa y útil que había sido.  Les habló como el único proyecto que debía entonces adoptarse para formar una base de operaciones, concentrar el mando, reunir todos los medios de fuerza y ejecución por dondequiera, establecer una unidad de acción sin lo cual nada provechoso podía hacerse.  Hasta entonces se habían realizado, a la verdad,  grandes y heroicos esfuerzos por parte de los patriotas, pero sin ninguno o con muy poco resultado y que lo que él quería y trataba de lograr era uno de aquellos grandes éxitos que fuerzan la opinión de todo el país a favor del vencedor y contra el vencido, que establecen un espíritu nacional, sin lo cual nada estable puede crearse en política; que en aquella época su nombre era ya conocido, su reputación se hallaba establecida, pero no como él mismo lo quería y como era necesario para llegar a dominarlo todo y alcanzar a independizar todo el país, hacerlo libre y constituirlo bajo el sistema central; que grandes obstáculos se presentaron, ocasionados por la rivalidad, la ambición y la enemistad personal; que la muerte del General Piar fue entonces de necesidad política y salvadora del país, porque sin ella iba a empezar la guerra de los hombres de color contra los blancos, el exterminio de todos ellos y por consiguiente el triunfo de los españoles; que el General Mariño merecía la muerte como Piar, por motivo de su disidencia, pero que su vida no presentaba los mismos peligros y por esto mismo la política pudo ceder a los sentimientos de humanidad y aun de amistad por un antiguo amigo y compañero.  Las cosas han mudado bien de aspecto –continuó diciendo el Libertador- entonces la ejecución del General Piar, que fue el 16 de octubre de 1817, fue suficiente para destruir la sedición, fue un golpe maestro en política, que desconcertó y aterró a todos los rebeldes, desopinó a Mariño y a su congreso de Cariaco, puso a todos bajo mi obediencia, aseguró mi autoridad, evitó la guerra civil y la esclavitud del país, me permitió proyectar y efectuar la expedición a la Nueva Granada y crear después la República de Colombia.  Nunca ha habido una muerte más útil, más política y, por otra parte, más merecida.  En el día de la ejecución del jefe del partido que trabaja para la destrucción de Colombia no tendría buenos resultados ningunos; la demagogia es como la hiedra de la fábula: se corta una cabeza y nacen cien cabezas; ni las guillotinas de Robespierre serían suficientes para destruirla, por otra parte, mi nombre no debe figurar en la historia colombiana como el de Monteverde, de Boves, de Morales: que digo: ello fueron los verdugos de los enemigos de su Rey, y yo los sería de mis compatriotas.  Pero hoy, repito, las cosas han cambiado: la muerte de un criminal en 1817 fue suficiente para asegurar el orden y la tranquilidad, y ahora en 1828 no bastarían la muerte de muchos centenares.

Sin embargo, después del fracasado atentado contra su persona la noche del  25 de septiembre de ese mismo año como parte de una conspiración dirigida por Santander para desplazarlo de la Presidencia de Colombia, expresó arrepentimiento por la muerte de Piar luego que el Consejo de Estado indultó a Santander conmutando su pena de muerte por el destierro.  Ya habían fusilado a catorce de los comprometidos, entre ellos, el General Padilla.  En carta enviada por el Libertador al General Pedro Briceño Méndez, quien fue Secretario de Piar, en la que le incluye la gaceta con los resultados y condena de los conspiradores y asesinos, le dice que “mi existencia ha quedado en el aire con este indulto, y la de Colombia se ha perdido para siempre.   Yo no he podido desoír el dictamen del consejo con respecto a un enemigo público, cuyo castigo se habría reputado por venganza cruel.  Ya estoy arrepentido de la muerte de Piar, de Padilla y de los demás que han perecido por la misma causa: en adelante no habrá más justicia para castigar al más feroz asesino, porque la ida de Santander es el perdón de las impunidades más escandalosas.  Lo peor es que mañana le darán el indulto y volverá a hacer la guerra a todos mis amigos y a favorecer a todos mis enemigos.  Su crimen se purificará en el crisol de la anarquía, pero lo que más me atormenta todavía es el justo clamor con que se quejarán los de la clase de Piar y de Padilla.  Dirán con sobrada justicia que yo no he sido débil sino a favor de ese infame blanco que no tenía los servicios de aquellos famosos servidores de la patria.  Esto me desespera, de manera que no se que hacerme”.

El 11 de febrero de 1876, el Presidente de los Estados Unidos de Venezuela, General Antonio Guzmán Banco dictó el siguiente Decreto:  Artículo Primero.-  Serán trasladados al Panteón Nacional de acuerdo con lo preceptuado en el Decreto del 27 de marzo de 1874, los restos de los próceres de la Independencia y ciudadanos eminentes que a continuación se expresan.  Próceres de la Independencia Generales Francisco de Miranda, Santiago Mariño, Antonio José de Sucre, José Félix Rivas, Juan Bautista Arismendi, Manuel Piar, José Antonio Páez, Luis Brión, Rafael Urdaneta, José Francisco Bermúdez, Manuel Valdés, Pedro León Torres, Lino Clemente, Juan José Flores, Gregorio Mac Gregor, José Tadeo Monagas, Bartolomé Salom, Jacinto Lara, José María Carreño y otros 98 Generales, 99 Coroneles, entre ellos, Asenciòn Farreras y Ramón Contasti y 33 ciudadanos eminentes, entre ellos, Juan Germán Roscio, Fernando Peñalver y Mariano Talavera.

A fin de dar cumplimiento a lo dispuesto por este Decreto, se realizaron diligencias oficiales para dar con los resto del General Manuel Piar.  Como el acta que levantó el Fiscal Carlos Soublette el 16 de octubre de 1817 cuando fue pasado por las armas dice que sus restos fueron sepultados en el Cementerio y el que existía para la época era el conocido como “El Cardonal” se busco en esa zona.

En junio de 1980, el Ministerio de la Defensa autorizó a un grupo de militares, dedicado a la investigación histórica, para que hiciera excavaciones en la zona del antiguo cementerio “El Cardonal” en un intento por dar con los restos del General Manuel Piar, guiados por la lectura de los “Anales de Guayana”, de Tavera Acosta, según el cual, el cadáver de Piar fue sepultado  en ese sitio que ese tiempo servía a los menesterosos.  En ese mismo lugar se enterraron al año siguiente a las víctimas de la viruela y más tarde, 1855-1856, a las del cólera morbus.

La señora Bernarda Calderón, octogenaria entonces, dueña de los predios donde se realizaron las excavaciones, informó que el bachiller Ernesto Sifontes, observador hidrográfico del Orinoco,  solía ir periódicamente al patio de su casa a colocar flores sobre un cardón donde él presumía se podían encontrar los restos del héroe de la Batalla de San Félix.

Sifontes fue siempre un gran admirador de Piar y se contaba entre los que en Guayana llaman “piaristas” o sea, los que critican o consideran injusta la muerte de Piar y resaltan sus extraordinarios valores de guerrero y estratega.

El cronista de las Fuerza Armadas y director del Museo Histórico, Teniente Raúl Oviedo Rojas,  fue quien dirigió los trabajos de excavación realizados por soldados de infantería de la División de Selva, siguiendo las indicaciones  del médico y antropólogo Eduardo Jahn Montauban, pero al final nada hallaron en el lugar.          

El doctor José Eugenio Sánchez Negrón, Cronista de Ciudad Bolívar, estaba casi convencido que los restos de Piar no estaban en El Cardonal sino en la Catedral. Se  apoyaba en lo que dice el médico británico John Roberton en sus memorias, publicadas en 1822 por la casa Black Young and Young de Londres, con el nombre de Journal of an Expdition 1.400 miles up the Orinoco and 300  up the Arauca.  Roberton vino a Guayana en marzo de 1818, seis meses después del fusilamiento de Piar, contratado en Londres por López Méndez, como cirujano del ejército libertador.  En Angostura fue nombrado por Bolívar, director general de los hospitales de las provincias libres de Nueva Granada.  En sus  memorias se lee textualmente “de la insurrección y condena de Piar, que fue publicada en todos los periódicos ingleses, no necesito decir nada.  Lo único que podría añadir es lo relacionado a su muerte”.  El médico relata los pormenores del fusilamiento y concluye diciendo “poco después su cuerpo fue llevado a una capilla a medio construir y sepultado privadamente”.

En 1979 cuando la Catedral fue reconstruida y restaurada, el Ministro Leopoldo Sucre Figarella, ordenó se aprovecharan los trabajos para tratar de verificar si en realidad se hallaban inhumados allí  los restos de Piar.  No se encontraron, pero como lo dijo el propio Sucre Figarella en el Congreso, el 25 de abril de 1996, ya en su condición de senador, “no es necesario contar con los restos para hacerle los honores en el Panteón Nacional.  Con que se decrete su incorporación y se haga constar colocando una placa alegórica, creo que se puede satisfacer ese deseo guayanés como venezolano.  Por eso, señores senadores, apoyo totalmente la proposición del senador Apolinar Martínez”.

Apolinar Martínez propuso que el Congreso de la República ejerciera la atribución que le concede el Artículo 150, ordinal 9º, de la Constitución de la República de Venezuela, para convalidar lo dispuesto en el Decreto del 11 de febrero de 1876, y hacer efectivo los honores del Panteón Nacional a los Generales en Jefe José Félix Ribas y Manuel Piar.  En tal virtud se colocarán sendas placas de mármol con sus respectivos rostros o perfiles y correspondientes leyendas en alto relieve.  La del General Ribas dirá: “General en Jefe, José Félix Ribas, 1755-1815.  El General Ribas, sobre quien la adversidad no puede nada.  El héroe de Niquitao y Los Horcones será desde hoy titulado El Vencedor de los tiranos en La Victoria.  Simón Bolívar” y la del General Piar: “General en Jefe Manuel Piar, 1774-1817.  La victoria del General Piar en San Félix es el más brillante suceso que hayan alcanzado nuestras armas en Venezuela.  Simón Bolívar”.

Resuelto de esa forma el problema de los restos, se pensó entonces en tratar de dar con los archivos confiscados a Piar en Angostura, pues, según el doctor Ricardo Pardo, son muy importantes y posiblemente su hallazgo arroje luz sobre la conspiración de los pardos contra los blancos a que se refiere el informe oficial  “Misión Especial del Agente Irvine”. Enviado por el Presidente Monroe, de los Estados Unidos, Juan Bautista Irvine vino a  reclamar  indemnización de dos goletas norteamericanas atacadas por los patriotas.  Para llegar a Guayana se embarcó en Margarita con el Almirante Luis  Brión, quien le comentó que el General Petión, Presidente de Haití, le había causado graves daños a los patriotas porque estaba financiando una revolución de Castas, es decir, la insurrección de negros y pardos contra los blancos.  Pardo suponía que  la desaparición de los archivos de Piar se debió a que allí podían estar documentos comprometedores de esta conspiración y como Bolívar le debía favores a Petión, quien había suministrado los recursos para la Expedición e Los Cayos, ordenó colocarlos fuera de circulación, pero con la indicación de que no fueran destruidos, por el indeclinable respeto que él sentía por la historia.
Pardo suponía que esos Archivos estaban enterrados en la misma casa donde estuvo preso Piar y conforme a tal conjetura se practicó inútilmente en 1975 una exploración y excavación en dicho inmueble con los auxilios del Ministerio de Relaciones Interiores y del Gobierno del Estado Bolívar.

Piar ha sido reivindicado por la historia y su nombre ha sido dado a ciudades, municipios, pueblos, barrios, calles, parques, liceos, escuelas, promociones como la de la Escuela Militar en 1953 e instituciones sobresalientes.  Tras los honores los honores del Panteón Nacional decretado por Guzmán Blanco, se le han venido erigiendo monumentos.  El 11 de abril, aniversario de la Batalla de Chirica le fue erigido el primero en Guayana por decreto del entonces Presidente del Estado Bolívar, Manuel González Gil. Correspondió al poeta José Ignacio Potentini, el honor de  pronunciar entonces el discurso inaugural.  El monumento erigido en el puerto de San Félix, consiste en una columna de cemento romano, coronada en sus catorce metros con una busto del héroe de Chirica, modelado por el escultor Rafael de la Cova y vaciado en marmolina por el  Ricardo Carera.

Un segundo monumento fue erigido por la Orinoco Mining Company en el Centro Cívico de la Ciudad de su nombre (Ciudad Piar), el 6 de abril de 1968.  Se trata de un busto de bronce sobre un monumento de mármol con un alma de 1,75 metros de altura, obr del escultor Santiago Poletto Lomberti, caraqueño, quien también modeló las estatuas del Libertador Simón Bolívar y la del General Manuel Piar en Willemstand, Curazao.  En esa ocasión el doctor Luis Villalba Villalba, presidente de la Sociedad Bolivariana de Venezuela,  dijo en el discurso inaugural que “Al Libertador y a Piar los hermanó la muerte; y la justicia histórica borró las querellas y vela sus nombres como común patrimonio de gloria”.

En octubre de 1979, una placa de mármol con letras doradas, alusivas al fusilamiento de Piar, hizo colocar la Dirección de Cultura del Estado Bolívar, en el muro occidental de la Catedral que se coteja fue el lugar de su ejecución.  El texto, redactado por el historiador Manuel Alfredo Rodríguez, dice “El 16 de octubre de 1817, a las cinco de la tarde, fue fusilado en este lugar el General en Jefe Manuel Piar, vencedor de Maturín. El Juncal y San Félix -  La victoria que ha obtenido el General Piar en San Félix, es el más brillante suceso que hayan alcanzado nuestras armas en Venezuela.  Simón Bolívar.  Homenaje del Pueblo de Guayana-1979”.

El lugar fue visitado el 29 de marzo de 1990, por el Premio Nóbel de Literatura, Gabriel García Márquez, quien vino a verificar la descripción del fusilamiento de Piar en su novela “El General en su laberinto”.  Lo hizo acompañada de su esposa Mercedes, María Di Mase, Cecilia Matos, el Capitán de fragata Julio Peña Acevedo y Willian Riera.



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