martes, 4 de junio de 2013

CAPITULO XXII / Cargos contra Piar

Soublette formuló cargos contra Piar

Jefe Supremo nombra Consejo de Guerra para juzgar a Piar – Fiscal de la causa, General Carlos Soublette, formula los cargos conforme al proceso indagatorio llevado a efecto a través de los testigos declarados en varias audiencias.

            Una vez sustanciado el proceso en el lapso de dos días, el Jefe Supremo, de acuerdo con los reglamentos militares, dispuso la formación del Consejo de Guerra facultado para juzgar al General en Jefe Manuel Piar por los delitos de conspiración y deserción que se le imputan y en oficio del 14 de octubre de 1817, así lo hace saber al Almirante Luis Brión, a quien designa su Presidente:

            “Excelentísimo  señor:  Para juzgar al Señor General Piar, acusado de diversos delitos, debe reunirse un Consejo de Guerra con arreglo a los reglamentos vigentes y publicados en el ejército; y como en virtud de ellos me corresponde el nombramiento de los vocales que deben componerlo, hallándose ya sustanciado el proceso, y en estado de llevarse al Consejo para su decisión, tengo a bien nombrar a V. E. Presidente de él, y a los Señores Generales de Brigada Pedro León Torres y José Anzoátegui, coroneles José Ucroz y José María Carreño, y tenientes coroneles José Tadeo Piñango y Francisco Conde, vocales.  El Señor General Carlos Soublette ejerce las funciones de Fiscal de la causa, y el teniente coronel Fernando Galindo las de defensor.  Luego que el Fiscal participe a V. E. que puede reunirse el Consejo, lo convocará V. E. señalando el lugar donde debe celebrarse la sesión.  Dios guarde a V. E. muchos años.  Simón Bolívar”.

            Verificada la sustanciación de la causa con arreglo a las leyes militares vigentes, entre ellas, el Decreto de Simón Bolívar, dictado en el Cuartel de Puerto Cabello, seis de septiembre d 1813, en que se establece la “pena de muerte contra los traidores a la patria y perturbadores del orden y tranquilidad pública”, el Consejo de Guerra, bajo la presidencia de Luis Brión, se instaló a las diez de la mañana en la casa del Almirantazgo para escuchar el siguiente escrito acusatorio del Fiscal de la causa:

CARLOS  SOUBLETTE,

General de brigada de los ejércitos de la República y Jefe del Estado Mayor General..

            Vista las declaraciones, cargos y confrontaciones contra Manuel Piar, General en Jefe del ejército, acusado de insubordinado al Gobierno, de conspirador contra el orden social y de desertor; encuentro de absoluta necesidad detallar con alguna extensión mi dictamen, y exponer lo que resulta del proceso.
            Se trata de examinar una causa de la primera importancia y trascendencia. El reo es un Jefe que ha obtenido el más eminente grado en la honrosa carrera de las armas; y la parte es la República. Ninguna fatiga debe evitarse para investigar la verdad de los crímenes que se le imputan; pues aunque ni mi honor, ni mi deber permiten que transforme al inocente en criminal, tampoco toleraré que no satisfaga la vindicta pública.
            El primero y más esencial cargo que resulta contra Manuel Piar, es el de haber proyectado una conspiración para destruir el actual Gobierno, y asesinar a los hombres blancos que sirven a la República. Para este proyecto ha convocado a los hombres de color, los ha querido alucinar con la falsa idea de que se hallaban reducidos al último grado de abatimiento, ha intentado armarlos presentándose él mismo como pardo, y no obstante sus servicios, perseguido por sola esta circunstancia; para animarlos les ha hecho una falsa exposición de los medios que tenía para realizar su designio. Esto resulta de las deposiciones del primero, segundo y tercer testigo, de lo que presenció el sexto, y del contenido de los documentos Nos. 1º, 2º, 3º, 4º, 5º, y 6º, el reo en su confesión no ha convenido en el cargo, pero no lo destruye; sus alegatos son fútiles; en la confrontación con el primer testigo, página 58, no se ha atrevido a decir que sea falso; los testigos que declaran son de los que la ley llama idóneos, están abonados por el mismo reo, y su número es más que suficiente, para producir plena prueba. Está, pues, plenamente probado que Manuel Piar ha proyectado y puesto en ejecución una conspiración, cuyas consecuencias habrían sido la ruina de la República.
            En esta circunstancia se le intima la orden del Jefe Supremo, para que se presente en su Cuartel General, y sin embargo de la franqueza con que fue concebida, pues que le deja ir libremente, o en caso de resistencia se le manda conducir por dos Coroneles, la desobedece y se fuga, pasa el Orinoco, llega a Maturín, continúa trabajando a favor de su mismo inicuo proyecto; así lo depone el quinto testigo y se lee en el décimo documento. El reo ha confesado su desobediencia y se fuga, y la declaran además los testigos primero, segundo, tercero y sexto; pero constante en su principio negativo no conviene en lo que resulta de su conducta en Maturín.
            Permítaseme hacer algunas observaciones que patenticen más lo justo de la acusación. Piar, que se dice inocente en sus respuestas, se confiesa incurrido en la escandalosa falta de insubordinación y en el feo crimen de desertor y da por motivo el temor que le habían hecho concebir algunos de que lo iban a sacrificar. En esta ocasión el reo cae en una contradicción digna de notarse: pocos días antes de su fuga había solicitado que se le juzgase y dice le fue negado, y cuando se le llama franca y libremente huye con el espanto del delincuente a quien el temor del justo castigo por su criminal conducta en el mes de Julio, le hace ver como un recurso para salvarse la deshonrosa acción de desertarse, presentándonos el espectáculo de un General en Jefe desertor, para escándalo y ruina de la disciplina militar. Diré más, no sólo deserta, sino que hostiliza al Gobierno, pues no huye como un hombre que teme el castigo de sus faltas, y busca el medio de remediarlas, sino como un Jefe de rebelión. Llega a Maturín y quiere allí encender la guerra civil. Pasa al campo del disidente General Mariño, se une a él y sigue rivalizando con el Gobierno, pues aunque en su confesión, al folio 43, dice que cuando se dirigió hacia el General Mariño, fue sólo con el objeto de pedir un pasaporte, él mismo se ha contradicho en la propia confesión, a los folios 40 y 41, y muy particularmente en las confrontaciones, al folio 58, en donde confiesa haber dicho que se iba a reunir al General Mariño, que estaba seguro lo trataría con más generosidad que la que aquí había experimentado.
            Todavía resalta más contra el reo: en el pueblo de Aragua ha resistido a mano armada a las órdenes de la suprema autoridad. El lo confiesa; así lo declaran los testigos presenciales del hecho y así se lee en el documento número 13. En esta ocasión dice obró también, por temor; de manera que por el temor al castigo de faltas que no existían, según él, ha incurrido en los delitos de insubordinado, desertor y rebelde, plena y suficientemente comprobados; temor de un Gobierno que hasta ahora sólo se le ha acusado de indulgencia con los criminales, y que no ha empleado su espada sino contra los enemigos externos.
            El reo pretende disminuir la acusación y justificar su inocencia con el alegato malicioso de que lo acalorada que se encontraba su imaginación en aquella época lo tenía casi en estado de un loco, en cuya situación podía verter expresiones fuertes que le arrancaba el dolor de las injusticias que había experimentado, pero sin proyecto ni objeto, y presenta por testimonios sus papeles en donde no se encontrará ni plano, ni listas, ni correspondencia que den indicios de una conspiración. Todo esto es de ningún valor. Las deposiciones de los testigos y su firmeza en las confrontaciones desvanecen todos los efugios de que quiera valerse el reo para eludir los cargos. ¿Y cuáles son estas injusticias de que tanto declama sin contraerse a otra que la imputación que dice se le hacía de haberse apropiado los intereses públicos, como si el Gobierno o la República debieran nunca ser responsables de las calumnias que contra Manuel Piar se levantasen?. La conciencia es el testimonio mejor del hombre de bien. Además de que ninguna prueba resulta de que entre papeles del reo no existan planes, listas ni correspondencias alusivas a la conspiración; él no había seguramente formado ninguno por cierto; en su furor sólo quiso encontrar quien abrigase sus intentos; tumultuariamente se habría arrojado sobre el Gobierno, habría querido satisfacer su venganza; pero rotos ya los lazos de la sociedad no habría podido contener a sus cómplices, aún cuando lo hubiese intentado, y él mismo se habría ahogado en la sangre. Para bien de la humanidad y para mayor gloria del pueblo venezolano este horrible proyecto no tuvo partidarios.
            Ni crea que un sentimiento de filantropía era el móvil de Piar en esta empresa; pues aún cuando él no lo hubiese expresado en su confesión, demasiado notorio es su carácter altivo y dominante, que no admite superiores ni iguales; también es sabido que nunca se ha reputado por pardo, de manera que sólo en su frenesí se hubiera declarado tal, porque lo creyó el único medio de congregar a todos los de esta clase y de hacerlos entrar en los intereses particulares de él.
            En vano Piar ocurrirá a alegar sus antiguos servicios a la República, como pruebas de su presente y su futura conducta. Si sus servicios fueron grandes en los combates, fueron superiores sin duda las recompensas que por ello recibió, no obstante que los resultados no fueron siempre tan favorables como debía esperarse. En vano alegará Piar su fuerte adhesión al Jefe Supremo y su fidelidad al Gobierno en los últimos períodos de esta tercera época; cierto, nadie podrá negar una gran parte de estos méritos, digo más, si fuesen superiores a todos los que un ciudadano puede contraer con su patria, si fuesen superiores a los del más grande General del mundo y a los de un primer bienhechor de la humanidad; los crímenes d Piar son incomparables mayores, respectivamente que cuantos bienes puede hacer un mortal a sus semejantes. No es un simple ambicioso, un mero conspirador, un miserable desertor. Es el genio del mal que escapado de la espantosa mansión de los crímenes ha venido a vomitar sobre la tierra no sólo la guerra, ni el veneno de la discordia, ni la atroz desolación, sino la más odiosa, la más nefanda de todas las destrucciones. Piar ha querido armar la mano del hijo contra el padre, la del hermano contra el hermano y hasta la de la oveja contra su pastor, contra los Ministros del Señor y padres espirituales de los pueblos. Ningún sagrado podía libertar la víctima. En medio del exterminio general. ¿quién podría escapar de una persecución doméstica, de una guerra fratricida en que la vista y aún el objeto sólo decidían de la culpabilidad o inculpabilidad de los actores y en que la masa general de la sociedad había de tomar una parte la funesta y activa, para que los individuos lograsen la más remota esperanza de salvar sus infelices e inocentes días?. Piar, en fin, ha querido emplear todas las armas de la sociedad, todos los medios de destrucción para desgarrar el seno demasiado afligido de nuestra idolatrada patria.
            Resulta de todo que Manuel Piar ha conspirado contra la sociedad y contra el Gobierno, lo ha desobedecido, ha desertado y hecho armas contra los subalternos del Jefe Supremo. Por todo lo cual concluyo por la República a que sea condenado a sufrir la pena de ser ahorcado, señalada por las ordenanzas del ejército en el artículo veintiseis, tratado octavo, título décimo. Angostura, octubre 15 de 1817.                                 
                                                                                       Carlos Soublette.


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